Recuerdo claramente cuando, de pequeño, iban a llegar a visitas a casa. Mi madre y mi abuela andaban alborotadas por la casa dejándola presentable, en condiciones dignas de las visitas, que hasta donde recuerdo estaban lejos de ser de miembros de alguna realeza lejana, el objetivo era que mostremos nuestra mejor cara, nuestro peinado más arreglado y nuestros cachetes lo más rosados posibles. Luego venía una lista interminable de cosas que no debíamos hacer mientras las visitas duraban, no decir malas palabras, no masticar con la boca abierta, no respirar fuerte, no realizar movimientos bruscos, en síntesis nuestras opciones eran sentarnos y simular ser la estatua de madera del Pombero que adornaba la antesala. A la visita se la trataba como se nos trataba a nosotros pocas veces, ¿navidad quizás?, comían las mejores frutas y disfrutaban de las chipás mas frescas y calentitas, nosotros estábamos relegados a comer lo que el gato no quiso en ese momento. Nuestros momentáneos visitantes no debían mover un dedo en la casa, todo se les hacía llegar con prisa y con una amabilidad elegante, de mayordomo de alguna maison francesa en el siglo de las luces. Obviamente esos mayordomos improvisados éramos nosotros, pequeños chavales que en lugar de estar sucios y divirtiéndose estaban fungiendo de servidumbre ausente en una casa donde nunca la hubo. Sostener la bandeja con ambas manos, tener la cabeza erguida en todo momento, brindar una sonrisa que haría que los abogados de Colgate nos demanden, etc., eran los consejos de la madre de madre, de mi abuela. No sea que las visitas no vean como somos todos los días, porque sí, en la casa nuestra todos los días nos deleitábamos con manjares y tomábamos té helado con hojas de menta adornando el vaso mientras los pequeñuelos revoloteaban tratando de brindar servicio a los adultos. ¡Ho visto hipocresía!
El status de ser “visita” en “casa ajena” daba a uno una cierta sensación de importancia, uno se sentía cuidado, querido, mimado como el primer nieto recién nacido en una familia numerosa. Uno llevaba sus mejores vestidos cuando iba de visita. Recuerdo que cuando íbamos a la casa de los amigos de mis padres debíamos vestir unas cruzas horripilantes entre un vestido de “adulto” y un niño, terminábamos pareciendo personas adultas en miniatura, nada más desagradable a la vista cuando las fotos de antaño hacen acto de presencia en los encuentros familiares. Esa combinación de camisa blanca con volados, traje gris y moñito rojo todavía me acecha en mis pesadillas de tanto en tanto. Madre nos ponía en fila antes de salir de casa y a cada uno nos daba las instrucciones de cómo debíamos comportarnos al llegar, como debíamos saludar, que debíamos sonreír y dar las gracias y que todo ello no debería de parecer falso ni ensayado, era mucho mas importante parecer que ser, éramos niños por el amor de Dios. El último de la fila antes de subir al auto era yo, el mayor, el responsable, el que debía de cuidar el comportamiento mío y el de mis hermanos, que eran lo más parecido al demonio de tasmania en versión humana, cosa que provocaba los primeros conatos de estrés en mi corta existencia.
Ir de visita a la casa de los amigos de mis padres era de lo más aburrido del mundo. Primero por lo arriba mencionado, el proceso de tortura dividido en actos para vestirnos, para recibir instrucciones y para seguir escuchándolas en el auto mientras íbamos cruzando la ciudad. Luego, ya en camino, escuchábamos a madre contando a padre unas historias sobre sus amigos, sobre las esposas de sus amigos, sobre las caderas gordas y los vestidos de las esposas de sus amigos. Usualmente no eran comentarios que a los afectados les hubiera gustado escuchar, es más me pareció siempre tan extraño que luego de criticar tan vehementemente el perfume, que por lo que madre decía no era caro, ella le diera un abrazo tan cercano a la esposa del amigo de mi padre. Cosas de adultos supongo. Una vez en la casa las cosas no se ponían mejores, sino todo lo contrario. No se que extraña atracción tenían los mayores con nuestras mejillas, que luego de ponerse rojas por el manoseo seguían con el mismo tinte debido a los nervios por el abuso táctil de las que fueron víctima. Cuando los mayores estaban instalados nos enviaban a jugar con los hijos de la pareja visitada de turno y era en ese momento donde las cosas se ponían verdaderamente insoportables.
Niños, no se como tanta crueldad puede caber en un cuerpo tan pequeño. Los adultos parecen olvidarse con el paso del tiempo lo difícil que es para un niño relacionarse con otro cuando no existe un trato continuo como es en el caso de los vecinos o de los primos por ejemplo. “Vayan a jugar” nos decían como si con eso bastase para que los silencios incómodos y las miradas juzgadoras desaparezcan. Entablar conversación con los varones era algo mucho más simple digamos, bastaba con poner un autito o un par de ellos entre los dos niños que la dinámica aparecía sola, creo que ahora sigue siendo igual entre dos adultos desconocidos, basta con reemplazar el autito por una botella de cerveza y el efecto es el mismo. Pero cuando eran todas hijas la cosa era diferente, a esa edad las niñas son enemigas de los niños y viceversa, no hay autito que pueda servir de mediador en este caso. Irónicamente la pareja más cercana a mis padres tenía tres nenas y nosotros éramos tres varones. Lo que debía haber sido una jornada lúdica se transformaba en un concurso de llanto, de lucha libre y de juegos de tiro al blanco donde el blanco éramos nosotros o ellas, dependiendo de quien estaba en el ataque en ese momento. Nunca me voy a olvidar cuando al volver a casa me quejé con padre de que la hija mayor de la familia donde íbamos siempre me hacía la vida imposible con sus pellizcos y guiños de nena mayor que entraba a la coquetería, padre, que era y sigue siendo hombre de pocas pero claras palabras me dijo “Devolvele la cortesía”. Al principio no entendí muy bien de que se trataba esto de devolver la cortesía pero asumí que era “Si te molesta pegale”. Cuando en la siguiente cena en la casa de dicha familia volví orgulloso a la sala a mostrar a mi padre cerca de medio kilo de pelo recién extraído de la cabeza de mí, por entonces, enemiga íntima creo que detrás de la cara de vergüenza que puso había un dejo de orgullo.
Siempre odié ir de visitas o recibirlas en mi casa mientras era niño, no me sentía cómodo con todo el protocolo formal de aparentar lo que no se es para poder encajar en paradigmas sociales que son cosas de otro planeta cuando uno es un chaval. Por eso siempre prometí que de tener un hijo nunca lo sometería a este tipo de experiencias. Hoy tengo uno y sigo manteniéndola, no vamos de visita a la casa de nadie, no juega con niños con los que no quiere jugar y sus cachetes siguen blancos y relucientes. Espero que cuando sea grande me lo agradezca.
Slds.
Liam
martes 9 de septiembre de 2008
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4 comentarios:
Excelente viejo!!! me trae recuerdos... nunca pasé por lo del moño ni la rigurosidad... pero siempre estuvo presente el "portense bieeeen"... y el aburrimiento con las visitas era categórico... que recuerdos viejo... recuerdos innecesarios pero recuerdos en fin... xD
vaya que escribes bonito..
esto es para ti.. http://www.bublegum.net/arena/20956/waiting...html
espero que lo sigas leyendo..besos
I already have a cell phone! =)
Te pasas!! No se que comes o fumas para escribir asi,pero deberias de convidarlo a los que escriben por escribir sin tener en cuenta la idea central del texto.. Y pensar que este HDP se sienta a mi lado en el laburo. SOS UN GRANDE!
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